jueves, 12 de abril de 2012

DE CARA AL OCÉANO: UN CUENTO DE jEAN-CLAUDE CARRIÉRE

¿Cómo aplacar al océano? ¿Para qué sirven los narradores? No hay una respuesta definitiva, pero aquí tenemos una propuesta sugerente:


DE CARA AL OCÉANO


Una anécdota persa muy antigua muestra al narrador como un hombre aislado, de pie en una roca cara al océano. Cuenta sin descanso una historia tras otra, deteniéndose apenas un momento para beber, de vez en cuando, un vaso de agua.
El océano fascinado, lo escucha en calma.
Y el autor anónimo añade:
-Si un día el narrador callase, o si alguien lo hiciese callar, nadie puede decir lo que haría el océano.

Foto personal, playa de Famara

Jean-Claude Carriére, El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero, trad. De Néstor Busquets, Lumen, Barcelona, 2000.

miércoles, 11 de abril de 2012

CONTRA LOS PELIGROS DE LA LITERATURA

Era un cuento sin importancia. No tenía que haber pasado de ahí. Era una de esas bromas que los escritores hacemos utilizando a nuestros parientes cuando no sabemos de qué escribir. Pero alguien lo cogió de mi la bandeja de la impresora sin mi permiso y se lo pasó a todos.
Mi padre se ha fugado con una dominicana, mi madre está internada en un psiquiátrico, mi hermano mayor se ha suicidado colgándose de una higuera, y mi hermana pequeña quiere ser monja o puta, o monja-puta.
Nada quedó como estaba. Lo peor fue lo de mi mujer: me echó de casa, me denunció por maltrato psicológico. Mientras salía por la puerta, mi hijo de cinco años no paraba de gritar: ¡Ya no te quiero!  ¡Ya no te quiero!




Relatos hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe.

martes, 10 de abril de 2012

FRANKENSTEIN: UN VIAJE LITERARIO POR MARÍA YAGÜE

Los viajes literarios, lo son sobre todo por razones personales, por la emoción que un libro ha dejado en nuestra memoria, y por el recuerdo de un personaje querido.

María Yagüe ha hecho a bien servirnos este delicioso texto, reflexionando sobre el sentido de un viaje, de un paisaje, y de la emoción de un personaje admirado. Preparen el paladar, y disfruten de su compañía, y de un final literario y admirable:

FRANKENSTEIN, LAS MONTAÑAS Y YO.
Mont Blanc

En el verano del 2010, mi amiga y compañera de piso polaca Basia y yo decidimos viajar por Europa durante dos semanas del más que tórrido mes de agosto. Empezamos nuestro viaje en Viena y lo finalizamos en Venecia, visitando Croacia y Eslovenia, en avión, tren, autobús o barco.
Y es curioso que ahora en la distancia, con el recuerdo de todas aquellas aventuras, de la libertad de no planear nada, de las borrosas noches etílicas, las comidas con sabor a comida, las playas de piedras ardientes, el azul profundo e hipnótico del mar adriático, los lagos de cuento, ahora la imagen más vívida en mi memoria y la que, desde luego, más profundo caló en mi, son unas montañas verdes, de un verdor de película coloreada.
Basia y yo cogimos un tren en Viena que nos llevaría en Zagreb. El tren, como no podía ser de otro modo y para ciertamente darle romanticismo a la historia, era viejo y destartalado. Hacía calor, pero un calor de bochorno austriaco, que es lo mismo que el bochorno castellano del mes de agosto, pero así dicho parece más exótico. Tuvimos la suerte de poder escoger un compartimento y nos sentamos a leer y olvidarnos la una de la otra. Pero yo no pude leer, porque adiviné que aquellos parajes que íbamos a atravesar serían diferentes. Salí al pasillo y me senté al lado de la ventana a observar. Y ante mis ojos el paisaje amarillento y anodino se empezó a transformar y los colores se tornaron verdes, de un verde vivo, y los campos llanos, se volvieron montañas. ¡Y qué montañas! Empezó a llover, pocas y grandes gotas de lluvia. Abrí la ventana para sentirlas caer en mis brazos y en mi cara y el olor de tierra mojada me trajo a la memoria otras muchas tardes de verano y tormenta en Cuéllar.
Ahora sé lo que en mi ignorancia geográfica sólo adivinaba, que estábamos cerca de los Alpes. Puede que sólo los viera de forma tangencial, poco importa eso ya, porque la impresión ya se había producido en mi pobre mente sugestionable.
Siempre que veo montañas, me acuerdo de Frankenstein. La primera vez que lo leí, era una adolescente que quería ser gótica, grunge o dios sabe qué. Buscaba ser rara, pero a la vez pertenecer a algún grupo o tribu. Con los años, me he dado cuenta de que no hay más rareza, si es que se puede considerar una cosa de provecho, que ser uno mismo.
Pero volviendo a mi querido Frankenstein, sólo los que hemos leído el libro sabemos que las adaptaciones cinematográficas no se parecen al texto original. Y es una pena, porque con todo lo buenas que son las viejas películas, no consiguen captar todo el drama y la profundidad del libro, la poesía y su lado más filosófico.
Otros parajes que recurrentemente me recuerdan al libro son los irlandeses. Desde hace más de 5 años vivo en Galway, una ciudad en la costa oeste de ese país y siempre que viajo encuentro otros muchos lugares que me lo traen a la memoria. El fiordo de Killary, el Conor Pass, con sus tonos marrones, su niebla sempiterna, sus lagos aquí y allá que de tan tranquilamente yacen a buen seguro esconden misterios, secretos, animales criptozoológicos... ¡Qué parajes tan evocadores!

"Frankestein", año 1931, dirigida por James Whale
para la Universal Pictures
Y ahora me parece muy curioso que viendo esas montañas austriacas en tecnicolor o los paisajes casi nórdicos de mi querida Irlanda, me acordase precisamente de ese libro. Ya que cuándo Víctor Frankenstein y el monstruo se encuentran en las montañas, aquellas son rocosas, puntiagudas, de tonos grises azulados y están al borde de un glaciar, con el Montblanc de fondo.
Pero supongo que cuando las veo desde la distancia, creo adivinar y casi anhelo que en dónde mi vista se pierde, dónde ya no alcanzo a ver, allí habita y deambula algún ser, como el “monstruo” de Frankenstein añorando amor fraterno, una compañera y un poco de compasión.

María Yagüe Manzanares.

sábado, 7 de abril de 2012

LA CAGADA DE PALOMA



Hay días en los que uno no debería salir a la calle sin gorro, o al menos no entrar en casa sin una dosis razonable de alcohol en sangre. Imagina la mancha de Gorbachov, de "Gorby". Imagina que no fuera un tipo importante. Lo que digo, una maldita cagada de paloma.


LA CAGADA DE PALOMA

 Se le ha olvidado el gorro en casa.
A nuestro protagonista le nace del cuero cabelludo en mitad de la calva una mancha como de cagada de paloma.
La gente lo mira por la calle, pero él parece no enterarse.
Conserva su periódico, su noticia, el día del despido. Lo lleva bajo el brazo. Está como perdido en el mismo camino hacia su casa. Es el tipo que bajó del barco con una maleta de cartón admirando la ciudad de las estrellas. Cuando se para con la moneda de última voluntad a tomar una cerveza, se queda dormido sobre la barra, con los ojos abiertos. Ni siquiera se percata de que el camarero que le sirve la cerveza le mira directo a la calva, justo donde tiene la mancha que parece una cagada de paloma.
 Una sucesión de seres pasan a través de la cristalera de la cervecería. Día de sol, chaquetas al hombro de aquellos que conservan el trabajo, mujeres bonitas listas para disfrutar por aquellos que conservan el trabajo, jóvenes que juegan y se pelean, cuyos padres conservan el trabajo.
 Del taburete le sube el calor de la ciudad entera, se le mete por el ojo del culo, todo el calor que sale del metro de la gran ciudad, y le revuelve los intestinos. Pero su estómago está solo lleno de una sopa de cerveza y espuma, azuzada por la bilis.
Se desanuda la corbata y la guarda en un bolsillo del pantalón. Ahora que es un don nadie, se siente disfrazado con el traje de oficina. Lleva un chapita con su nombre y el puesto que ocupaba en la empresa, colgada de la camisa; también se quita la chapa y la guarda en el bolsillo.
-Oye- le comenta un borrachín que pasa detrás de él-, te ha cagado una paloma en la calva. ¡Oye Sonny, pásale la bayeta por la cabeza!- le grita al camarero, mientras se mea de risa.
Cuando el borrachín ya se ha ido, nuestro protagonista refunfuña para sus adentros resignado:
-Maldito idiota, es una mancha de nacimiento.

Relatos hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe.

jueves, 5 de abril de 2012

QUIERO SER FELIZ: EL ZEN EN ZAPATILLAS

La felicidad, oh, la felicidad. ese intangible estado del alma. ¿Aprenderémos algo de este peculiar maestro zen?


“Quiero ser feliz. Sé infeliz, dijo el maestro. Ya lo soy. ¡Sé infeliz!, grito el maestro y me azotó con una vara.” El zen en zapatillas.


Manolo Yagüe

lunes, 2 de abril de 2012

EL EXPRESO: UN MICROCUENTO DE PERE CALDERS

EL EXPRESO

Nadie quería decirle a qué hora pasaría el tren. Le veían tan cargado de maletas que les daba pena explicarle que allí no había habido nunca ni vías ni estación.


Pere Calders.

domingo, 1 de abril de 2012

OTRA HISTORIA MÁS DE LA GUERRA CIVIL

Uno no puede eludir la responsabilidad de hablar sobre la Guerra Civil Española. Lo que sucede es que se ha puesto tan de moda, que el tema repite como la morcilla. Películas, libros, documentales, artículos de prensa, tertulias de café, cotilleos de porteras. Que si cifras, que si responsabilidades, que si tumbas, que si estatuas. Me reservo ciertos derechos, como el de expresar mi opinión personal. Esto, estoy seguro, disgustara a unos y a otros, cosa que me complace de veras.
Yo he escrito un cuentecillo, que no sé si vale mucho, pero que me ha gustado escribir. Se lo dedico a Gila y a Arrabal, que tan bien expresaron en comedia el ridículo de la guerra, de cualquier guerra. El cuento, no me ha quedado más remedio, se titula: “Otra historia más de la Guerra Civil”.
Espero que lo disfruten:


OTRA HISTORIA MÁS DE LA GUERRA CIVIL

Eran dos pueblos que estaban situados en un mismo valle apartado, en el interior de una sierra todavía más apartada. Por extrañas razones de lógica militar, cuando se inició la guerra civil, se dibujó una línea de frente que separó el valle en dos, dejando a cada pueblo a merced de un bando distinto.
Es el caso que los mozos de ambos pueblos tenían por costumbre casar con las mozas del pueblo vecino, costumbre sana y que contribuía a emparentar a todo lo que creciera y tuviera vida en el valle: niños, perros, gatos, ovejas o cabras, viñas, regatos y fuentes, zonas de pasto, árboles frutales, terrenos, casas, muertos, herencias, fiestas y desgracias. Se ha de decir que se trataba de dos pueblos que convivían a las mil maravillas.
A unos les tocó el bando de los azules y a otro el bando de los verdes. Cuando se retiraron los máximos mandatarios de los distintos ejércitos, los  vecinos del pueblo y los jóvenes que habían sido elegidos como militares, que parecían mozalbetes disfrazados de carnaval, se reunieron para tomar medidas al respecto.
Para evitar problemas con esos señores de fuera, que llegaban con caras de sumo cabreo y preocupación, mantendrían la ficción de que estaban en guerra. Ahora, los muchachos podían libremente elegir el bando que más les acomodase, e incluso mudar de bando a conveniencia. Bastaba con que dos mozos se cambiasen los uniformes, y saltasen a las líneas enemigas. Para evitar percances, toda la munición quedaba confiscada; guardada en la sacristía de las iglesias, para cuando llegasen los mandamases. Los párrocos no pudieron estar más de acuerdo. Las mujeres se encargarían de construir señuelos de paja, disfrazados de soldados, es decir, espantapájaros, que se situarían en enclaves conocidos por todos, de tal manera que cuando llegasen los ceñudos dirigentes de los distintos ejércitos, y hubiera de usarse la munición, se supiera a qué soldados de mentira se podía disparar, sin peligro de los mozos. Un vecino dramaturgo escenificó varias batallas de la toma de un cerro. Cerro pequeñajo y sin interés, que se repartirían sucesivamente cada uno de los bandos. Habría muertos, teñidos de falsa sangre, y algún que otro herido oportunamente aderezado con sus vendas y morados. Por evitar posibles intentos de maltrato o tortura, o ajusticiamientos sumarísimos indeseados, durante la escenificación no se capturarían enemigos.  
Cuando llegaban los mandamases de alguno de los bandos, los centinelas embozados en la carretera, daban la voz de alarma para que los pueblos se pusiesen en guardia frente al enemigo. Y se iniciaba una representación teatral muy seria, en la que participaban los vecinos de las dos amistosas poblaciones. Todo salió bien y no hubo que lamentar víctimas en toda la guerra, salvo las muertes naturales, y la pierna quebrada de un pastor disfrazado de soldado en la toma del cerro. Por suerte, pronto se olvidaron de los dos pueblos situados en un remoto valle, en el interior de una sierra todavía más apartada.
Sin embargo, terminó la guerra y ganó uno de los dos bandos. Unos señores con pinta de cabreo perpetuo y cara cetrina se instalaron durante meses en las posadas de los pueblos, empezaron a meter cizaña, a apresar y asesinar vecinos, a robar tierras o ganado, a meterse con las muchachas casaderas, o con las no tan muchachas, a insultar y ridiculizar a los paisanos y a poner motes vergonzosos. Vinieron con dos jueces que recién habían sacado la plaza, y que se tomaron con tal celo su oficio, que pusieron a medio valle en contra del otro medio. Y para colmo, instalaron un cuartel de la Guardia Nacional, donde hasta entonces nunca se había echado en falta policía.
Y así es como se jodió todo en este bonito valle.


Historias hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe.