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domingo, 29 de abril de 2012

LA RUPTURA MATRIMONIAL

Las rupturas de pareja son todo un tema de la literatura moderna. Cómo no lo van a ser. A quién no le ha sucedido, dejar o que lo dejen. Todos tenemos una para contar. Y por suerte o desgracia, se parecen a un cuento de asesinatos, en que lo importante no es el qué pasó, si no el por qué y el cómo.

Os dejo con mi cuento, y otra forma de ruptura matrimonial:




LA RUPTURA MATRIMONIAL

Salgo de la cocina, sin desayunar, y abro la ventana del salón. Pero el olor no se me va de la nariz, lo tengo clavado en el cerebro. Un olor es lo más difícil de expulsar de un cerebro. Ni la fe consigue expulsar el recuerdo de un mal olor.
Pero ella desayuna como si tal cosa. Se está zampando una tortilla de chorizo, unos pepinillos, un bistec y tiene en el microondas un plato de callos, para luego. Cualquiera diría que está embarazada. Pero no consigo que la peste, que se acumula en la terraza de la cocina desde hace siete, siete días, nada menos que siete días, ¡con la de basura que se genera en una casa!, se quede allí. Al principio solo era la terraza, y un dulzor agrio en la cocina. Luego invadió la cocina con su maloliente invisibilidad. Finalmente abordó con descaro el salón y de allí pasó al único dormitorio con baño del apartamento.
Ella duerme, cose, ve la televisión, folla, como si el olor no la molestara en absoluto. Cada vez está más contenta, y dice que se alegra de lo que está pasando. Que es una suerte. Que desde que el olor de la basura ha invadido nuestra intimidad, se siente más, como decirlo, segura, más mujer. Se niega a bajar las bolsas, o a que las baje yo.
Por la noche intenté sacar unas bolsas a escondidas, pensando que dormía como un tronco. Cuando avanzaba a oscuras, con las dos bolsas grises por el pasillo, encendió la luz y me pilló con las manos en la masa. Me retuvo con un cuchillo en la mano derecha y con la cara desfigurada por la emoción y el espanto; rugió:
-Devuelve eso a su sitio. Y vete a la habitación. A partir de ahora dormiré en el sofá para tenerte vigilado.
Hice lo que me pidió sin decir una palabra.
Pero ni con el aire de la ventana del salón, ni con todas las ventanas abiertas de par en par, se mitiga el olor. Creo que el olor tiene consistencia líquida y que está empapando las paredes, los muebles, el sofá, incluso los electrodomésticos, los periódicos y revistas, los libros, que ya no soy capaz de leer.
He tratado de persuadirla, pero se niega a escucharme, dice que nunca ha sido tan feliz. He llamado a la policía, y ellos aseguran que hasta que no lo determine un juez, nada se puede hacer, y que pueden pasar meses.
Cuando termina su festín, se acerca al salón y me obliga a cerrar las ventanas. Una rata cruza la alfombra, se detiene un momento a la puerta del dormitorio, y se va, como si tal cosa.
Ella dice:
-Betsie, Betsie, ven con mamá.
¿Cómo puede tener el mal gusto de llamar Betsie a una rata?
La conocí en el instituto. Era la muchacha más guapa, delgada y limpia de todas. Años después, nos casamos de blanco, de blanco, que contradicción. Y ahora me viene con estas. Supongo que es fruto de una terrible enfermedad mental.
Por fin decido hacer las maletas. Llamo a mi madre por teléfono y le digo, entre lastimosos gimoteos:
-No puedo más. No lo aguanto. No sabía que esto iba a pasar.
-Te lo dije- replica mi madre, que disfruta teniendo la razón después de todo-, esa chica no era para ti.
Hago las maletas y, delante de la puerta, conteniendo las arcadas de asco, le doy un último abrazo a mi gran amor:
-Te he querido tanto.
Pero ella se ríe como un hurón y replica:
-¡Por fin! ¡Lo que me ha costado que te largaras!



Manolo Yagüe

martes, 17 de abril de 2012

LO QUE PASA CUANDO DAS A LEER TU NOVELA A UN AMIGO

LO QUE PASA CUANDO DAS A LEER TU NOVELA A UN AMIGO


El escritor conoce al lector. Se conocen desde hace años. El escritor le pregunta: que te parece mi primera novela. El lector es un buen amigo, un amigo de infancia, y no quiere hacer daño al escritor, que es muy sensible, y se deprime a la mínima. Pero también quiere ser sincero con su amigo, porque cree que es lo mejor para él. El lector, al responder, se embarulla, dice un par de halagos, pero… Pero, qué, insiste el escritor. Pero hay algunas cosas que… Dime, no te quedes a medias. Bueno los personajes no están del todo… Pero si es lo mejor de la novela. No, claro, es lo mejor, sin duda, recula el lector. Pues si los personajes te parecen malos, qué te parecerá lo demás, se queja el escritor, que se está poniendo rojo. Yo no he dicho que los personajes sean malos, eso lo has dicho tú. Pero, ¿te has emocionado? A ratos. ¿Cómo a ratos? Insiste el escritor que ahora acosa directamente al lector. Bueno es lo normal en las novelas, sobre todo si son demasiado largas. Es demasiado larga, lo sabía, quién en su sano juicio leería un libro de quinientas páginas. Tranquilízate, dice el lector, que ha dado varios pasos atrás como intentando largarse, no es para tanto, sólo hay que hacerle unos ajustes, pero está muy bien, muy bien. El escritor da vueltas y vueltas por la pieza, deseando morir o matar, o las dos cosas a un tiempo. Prefiero que te vayas, déjame sólo, gime el escritor, montando un drama. Bueno, bueno, ya hablaremos cuando te hayas calmado, le corta el lector, y se larga pensando: quién me mandaría a mi meterme en este lío, eso me pasa por tener amigos escritores. Desde luego, a estos bohemios del tres al cuarto no hay quien los aguante.

Mientras, al escritor, que se ha puesto a fumar y a beber como un loco, los sentimientos se le agolpan sin dejarle pensar con claridad. Se flagela imaginando que es el peor escritor sobre la tierra, deseando huir al trópico y dedicarse al tráfico de drogas, o dispuesto a lanzarse por la ventana ahora mismo. Sí, eso quizás sea lo mejor. Después de muerto, alabaran la obra. Por suerte el escritor no tiene el cuajo necesario. Se asoma a la ventana, ve a un par de niños jugando al balón, a unas madres cotilleando, y a un viejo que escupe al suelo. Es media tarde, no hace ni frío ni calor. Una tarde insípida cualquiera, de colegios y trabajos. Ya más calmado, piensa que su amigo en realidad no tiene un gusto muy formado en literatura, que en resumidas cuentas es un mal lector. No hay más que ver las novelas que lee. Basura literaria. En fin. Una gran equivocación. Eso es. Siempre lo pensó, y ahora le llega la confirmación: necesita rodearse de amigos cultos e inteligentes. No volverá a llamar a su amigo lector, no volverá a verle jamás, eso está decidido.
Por suerte el escritor es el tipo de hombre de pensamientos y sentimientos volubles, y está acostumbrado a lidiar con el fracaso. El lector por su parte es un amigo que comprende y perdona las pequeñas debilidades humanas.
Así que, a la semana siguiente, quedan como si tal cosa a tomar un café y a dar un paseo, pero los dos se cuidan muy mucho de hablar sobre la maldita novela.


Relatos hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe.

miércoles, 11 de abril de 2012

CONTRA LOS PELIGROS DE LA LITERATURA

Era un cuento sin importancia. No tenía que haber pasado de ahí. Era una de esas bromas que los escritores hacemos utilizando a nuestros parientes cuando no sabemos de qué escribir. Pero alguien lo cogió de mi la bandeja de la impresora sin mi permiso y se lo pasó a todos.
Mi padre se ha fugado con una dominicana, mi madre está internada en un psiquiátrico, mi hermano mayor se ha suicidado colgándose de una higuera, y mi hermana pequeña quiere ser monja o puta, o monja-puta.
Nada quedó como estaba. Lo peor fue lo de mi mujer: me echó de casa, me denunció por maltrato psicológico. Mientras salía por la puerta, mi hijo de cinco años no paraba de gritar: ¡Ya no te quiero!  ¡Ya no te quiero!




Relatos hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe.

lunes, 2 de abril de 2012

EL EXPRESO: UN MICROCUENTO DE PERE CALDERS

EL EXPRESO

Nadie quería decirle a qué hora pasaría el tren. Le veían tan cargado de maletas que les daba pena explicarle que allí no había habido nunca ni vías ni estación.


Pere Calders.

lunes, 5 de marzo de 2012

ASÍ ES COMO UNO SE CASA: UNA FÁBULA DE ROBERT FOX

Así es como uno se casa. Una fábula moderna en el interior del metro de Nueva York. Advierto a los solteros: cuidado con las jovencitas que viajan en el metro con sus madres. Cuidado con las historias románticas que acaban bien.


Las mujeres que no conocemos, José Luís Guerin, 2007.




 FÁBULA


El joven iba perfectamente afeitado y pulcramente vestido. Era un lunes muy de mañana, y se metió en el metro. Era el primer día de su primer empleo, estaba un poco nervioso. No sabía con exactitud en qué iba a consistir su trabajo. Aparte de esto, se encontraba perfectamente bien. Toda la gente le veía bien. Le caían bien los transeúntes, los que se metían en el metro, y le caía bien el mundo, porque el día era claro y bueno, y él iba a empezar su primer empleo.
El joven consiguió encontrar un asiento en el metro que iba a Manhattan sin tener que dar codazos ni patadas a nadie. El vagón se llenó rápidamente, y él miraba a los que estaban de pie en torno a él y le envidiaban el asiento. Entre esta gente había una madre y su hija, que iban de compras. La hija era una bella muchacha rubia cuya piel parecía muy suave, y el joven se sintió atraído por ella inmediatamente.
-Te está mirando -susurró la madre a la hija.
-Sí, madre, y me molesta mucho. ¿Qué hago?
-Está enamorado de ti.
-¿Enamorado de mí? ¿Cómo puedes saberlo?
-Pues porque soy tu madre.
-Pero ¿qué hago?
-Nada. Intentará hablar contigo. Si lo hace tienes que contestarle. Sé amable con él. No es más que un muchacho.
El tren llegó al barrio de las oficinas comerciales y mucha gente se bajó. La chica y su madre encontraron asiento enfrente del joven, que seguía mirando a la chica, la cual, de vez en cuando, le miraba para ver si la estaba mirando.
El joven cedió su sitio a un hombre mayor como pretexto para ponerse de pie. Se quedó de pie junto a la chica y su madre. En otra parada quedó libre el asiento que había junto al de la chica, y el joven se sonrojó, pero lo ocupó inmediatamente.
-Lo sabía -dijo la madre, entre dientes-, lo sabía. Lo sabía.
El joven carraspeó y tocó a la chica en el hombro, haciéndola sobresaltarse.
-Dispénseme -le dijo-, pero es usted una chica muy bonita.
-Gracias -dijo ella.
-No hables con él -dijo la madre-, no le contestes. Te lo advierto. Hazme caso.
-Estoy enamorado de usted -dijo él a la chica.
-No le creo -dijo la chica.
-No le contestes -dijo la madre.
-De verdad que sí -dijo él-; más aún: estoy tan enamorado de usted que quiero casarme con usted.
-¿Tiene usted empleo? -dijo ella.
-Sí, hoy es el primer día. Voy a Manhattan a empezar mi primer día de trabajo.
-¿Y qué clase de trabajo es el que va a hacer? -preguntó ella.
-No lo sé con exactitud -dijo él-, ya le dije que todavía no he empezado.
-Parece interesante -dijo ella.
-Es mi primer empleo, pero tendré mesa propia, y manejaré un montón de papeles y tendré que llevarlos por ahí en una cartera, y me pagarán bien, y ascenderé a fuerza de tra­bajo.
-Te amo -dijo ella.
-¿Te casarás conmigo?
-No lo sé. Tendrás que preguntárselo a mi madre.
El joven se levantó de su asiento y se situó de pie ante la madre de la chica. Esta vez carraspeó con gran cuidado.
-Tengo el honor de pedirle la mano de su hija -dijo, pero el ruido que hacía el vagón ahogó completamente su voz. La madre le miró y dijo:
-¿Cómo?
Él tampoco la podía oír, pero por el movimiento de sus labios y por su manera de arrugar el rostro comprendió lo que había dicho: cómo.
El metro llegó a una estación.
-¡Que tengo el honor de pedirle la mano de su hija! -gritó él, sin darse cuenta de que el metro ya no hacía ruido.
Todos los que estaban en el vagón se le quedaron mirando, sonrieron, y luego se pusieron a aplaudir.
-¿Esta usted loco? -preguntó la madre.
El tren volvió a ponerse en marcha.
-¿Cómo? -dijo él.
-¿Por qué quiere casarse con ella? -preguntó la madre.
-En primer lugar porque es bonita. Quiero decir que estoy enamorado de ella.
-¿Y nada más?
-Pues no -dijo él-, ¿es que tiene que haber algo más?
-No, de ordinario no -dijo la madre-. ¿Trabaja usted?
-Sí, y, por cierto, ésa es la razón de que vaya ahora a Manhattan tan temprano. Es que hoy es mi primer día de trabajo.
-Pues felicidades -dijo la madre.
-Gracias. ¿Puedo casarme con su hija?
-¿Tiene usted coche? -preguntó ella.
-Todavía no -dijo él-, pero probablemente tendré uno dentro de muy poco. Y también casa.
-¿Casa?
-Sí, con muchas habitaciones.
-Bueno, sí, ya me figuré que iba a decir eso -dijo ella. Se volvió a su hija-: ¿Lo quieres?
-Sí, madre, lo quiero.
-¿Por qué?
-Pues porque es bueno, y dulce, y amable.
-¿Estás segura'?
-Sí.
-Entonces es que lo quieres de verdad.
-Sí.
-¿Estás segura de que no hay ningún otro al que pudieras amar y con quien desearas casarte?
-No, madre -dijo la chica.
-Bueno, pues entonces -dijo la madre al joven- está visto que no puedo hacer nada. Pregúnteselo usted otra vez.
El metro se paró.
-Queridísima mía -dijo él-, ¿quieres casarte conmigo?
-Sí -dijo ella.
Todos los del vagón sonrieron y se pusieron a aplaudir.
-¿No es cierto que la vida es maravillosa? -preguntó el joven a la madre.
-Maravillosa -dijo la madre.
El revisor se bajó de entre los vagones al arrancar de nuevo el tren y, poniéndose bien la corbata oscura, se acercó a ellos con un solemne libro negro en la mano.


Robert Fox
Robert Fox (Estados Unidos, 1952)

jueves, 16 de febrero de 2012

NAGASAKI: UN MICROCUENTO DE ALFONSO SASTRE

La primera bomba cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, y la segunda cayó tres días más tarde, en Nagasaki. Magnifico cuento del escritor Alfonso Sastre. Como vemos en España también se ha escrito buena literatura. Un cuento breve, muy superior a muchos que se dicen cuentos:

 

NAGASAKI

Me llamo Yanajido. Trabajo en Nagasaki y había venido a ver a mis padres en Hiroshima. Ahora, ellos han muerto. Yo sufro mucho por esta pérdida y también por mis horribles quemaduras. Ya sólo deseo volver a Nagasaki con mi mujer y con mis hijos.
Dada la confusión de estos momentos, no creo que pueda llegar a Nagasaki enseguida, como sería mi deseo; pero sea como sea, yo camino hacia allá.
No quisiera morir en el camino. ¡Ojalá llegue a tiempo de abrazarlos!

Las noches lúgubres, Alfonso Sastre.